Carina Cervino, terapeuta Gestalt en Martorell
Soy Carina.
Terapeuta, sí.
Pero antes que terapeuta, humana.
Y quizá esta sea una de las cosas que más han cambiado en mi manera de acompañar durante estos últimos diez años.
Cuando empecé, creía que ayudar significaba conseguir algo.
Que si alguien llegaba sufriendo, mi trabajo consistía en ayudarle a salir de allí.
Hoy puedo sentarme al lado de una persona que está rota y no tener ninguna prisa por recomponerla.
Puedo mirar a alguien que acaba de perder a una persona que ama y preguntarle:
¿Cómo no vas a estar mal?
Y quedarme ahí.
Sin intentar quitarle el dolor.
Sin decirle cómo debería sentirse.
Sin empujarla hacia un lugar al que quizá todavía no está preparada para llegar.
Porque he aprendido que muchas veces, cuando dejamos de luchar contra lo que sentimos, algo empieza a cambiar.
No lo aprendí solamente estudiando
Lo aprendí acompañando a muchas personas.
Pero también viviendo.
Mi propia historia me llevó a encontrarme con mis heridas, mis miedos, mi manera de vincularme, mi apego, mi necesidad de ser elegida, mis ganas de controlar, de aferrarme y también de alejarme.
Durante mucho tiempo pensé que conocerse era comprender por qué éramos como éramos.
Hasta que la vida me llevó un poco más lejos.
Una experiencia personal tocó profundamente una herida que venía de mucho antes y me hizo ver algo que cambiaría mi manera de relacionarme conmigo y, después, mi manera de acompañar.
Estaba esperando fuera.
Esperando recibir de otra persona aquello que todavía no sabía darme.
Y entonces entendí:
no era el otro quien tenía que elegirme.
Tenía que aprender a elegirme yo.
Ahí empecé a comprender qué significa realmente amarse
No como concepto.
Como experiencia.
Porque querernos cuando estamos bien resulta relativamente sencillo.
Lo difícil es permanecer a nuestro lado cuando tenemos miedo.
Cuando nos equivocamos.
Cuando alguien se va.
Cuando volvemos a hacer aquello que juramos que nunca volveríamos a hacer.
Cuando descubrimos una parte de nosotros que no nos gusta.
Ahí es donde aprendí que amarse no significa hacerlo todo bien.
Significa no abandonarnos cuando más nos necesitamos.
Y probablemente este haya sido uno de los aprendizajes más importantes de mi vida.
También como terapeuta.
Hoy acompaño de otra manera
No tengo todas las respuestas.
Y tampoco necesito tenerlas.
Puedo sentarme frente a ti, mirarte y buscarlas contigo.
A veces te acompañaré.
A veces te confrontaré.
A veces una pregunta nos llevará a un lugar inesperado.
Otras será tu cuerpo quien nos muestre algo que todavía no habías podido poner en palabras.
Y algunas veces simplemente necesitaremos estar.
Mi intuición también forma parte de mi manera de trabajar. Cuando algo aparece en mí, lo comparto contigo, lo exploramos y eres tú quien puede reconocer si eso tiene sentido para ti.
Tampoco escondo necesariamente lo que me ocurre como persona dentro de una sesión.
Puedo emocionarme.
Puedo conmoverme.
Puedo equivocarme.
Y puedo decírtelo.
No quiero relacionarme contigo desde un lugar frío o distante.
Quiero encontrarte.
Mi mirada también ha ido creciendo conmigo
La Gestalt continúa siendo una de mis raíces.
Con los años llegaron otras maneras de mirar que ampliaron profundamente mi comprensión de las personas: la perspectiva sistémica familiar, el cuerpo, los vínculos y el apego, la conciencia y la espiritualidad.
Y mi camino continúa.
Actualmente sigo profundizando también en una mirada energética del ser humano, desde la formación y la experiencia, como una dimensión más de un trabajo que continúa evolucionando conmigo.
Pero hay algo que no ha cambiado.
Cuando alguien entra por la puerta de mi consulta, no veo un diagnóstico.
Veo una persona.
No necesito saber inmediatamente qué herramienta utilizar.
Primero quiero saber quién eres.
Qué te pasa.
Qué sientes.
Qué has vivido.
Y qué necesitas de mí.
Porque después de todos estos años sigo sintiendo curiosidad cada vez que alguien se sienta delante de mí.
Todavía no sé quién eres.
No sé qué vamos a descubrir.
No sé por dónde nos llevará tu proceso.
Y eso sigue apasionándome.
No creo que yo cambie la vida de nadie
Cada persona acaba haciendo su propio camino.
Pero puedo caminar durante un tiempo a tu lado.
Puedo prestarte mis ojos cuando tú solo consigues mirar desde el dolor.
Puedo ayudarte a escuchar un cuerpo al que quizá llevas demasiado tiempo sin escuchar.
Puedo mostrarte otra perspectiva cuando creas que solamente existe una.
Y puedo acompañarte mientras descubres algo que ningún terapeuta puede hacer por ti:
convertirte en un lugar seguro para ti mismo.
Quizá de eso se trate finalmente.
De volver a ti.
Y de descubrir que la persona que llevabas tanto tiempo esperando encontrar fuera también estaba dentro.